La casa de seguridad en el bosque de Enzo quedó sumada en un silencio tan espeso que parecía antinatural. No era paz, era devastación.Era el silencio que queda cuando el dolor ya gritó todo lo que podía gritar y se quedó sin voz, pero siguió ahí, respirando en cada rincón, clavado en las paredes, suspendido en el aire. Afuera, la seguridad se había redoblado. Nadie entraba sin autorización. Nadie salía sin escolta. Pero dentro de la casa no quedaba nada parecido al orden. El duelo lo había arrasado todo, Cassandra no se había cambiado de ropa desde el atentado. Seguía envuelta en la misma blusa arrugada, con el cabello suelto y deshecho, el rostro pálido, los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos. Estaba sentada en el gran salón, con la espalda rígida y las manos apretadas sobre las rodillas, como si solo se mantuviera entera por pura obstinación.Clara, a su lado, era el retrato de un dolor aún más crudo tenía el rostro completamente roto por el llanto, la respiración temblor
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