—¡Jamás, maldito perro! ¡Ella es mía!No esperó a que Damián se detuviera; levantó el arma y, con una precisión mortal, disparó directo a la extremidad del cobarde. El fogonazo iluminó el aire: la bala le destrozó el brazo derecho a Vito soltando un chorro de sangre, y el segundo impacto le mordió la pierna.Vito soltó un grito de dolor absoluto, perdiendo el equilibrio. Herido, sangrando y maldiciendo, se arrastró como pudo hacia una motocicleta aparcada entre los arbustos, dio gas a trompicones y se perdió a toda velocidad por la avenida, dejando un rastro de sangre.Damián ni siquiera corrió tras él. Su atención, cargada de una rabia volcánica y animal, se clavó en la mujer tirada en el suelo.Dio zancadas pesadas hasta llegar a donde estaba Tamara, quien lloraba descontrolada, abrazando su propia rodilla enyesada. Damián se agachó de golpe, la tomó de los brazos y la sacudió con una furia desatada, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula tensa hasta marcarse los huesos.—
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