La mañana estaba impregnada de una brisa fresca, pero el aire aún conservaba esa pesadez que siempre presagiaba que algo iba a suceder. Estaba predispuesto, incómodo, con esa sensación de sentirme despojado de algo. El sonido de los cascos de los caballos resonaba en la tierra mientras me acercaba al campo de competencia. Pude ver las banderas ondeando suavemente y las caras de los competidores, cada uno con su propio aire de concentración, pero ninguno de ellos me importaba. Solo ella.Sienna estaba montada en su caballo con el cuerpo erguido, y esa mirada desafiante que siempre me desbordaba. La forma en que se movía, como si el animal fuera parte de ella, me hizo sentir que, por un segundo, todo el mundo desaparecía. No importaba cuán rudo o brusco fuera el ambiente a su alrededor, ella se mantenía inquebrantable. La vi dar una vuelta rápida, su cuerpo estaba perfectamente delineado por la luz del sol, y entonces, ocurrió algo. Un tropiezo. El caballo se resbaló y, en un parpadeo,
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