El aire en la habitación se había vuelto denso, cargado con el aroma embriagador de la necesidad y el rastro dulce del afrodisíaco que dictaba el pulso de sus corazones.Miranda intentó girar el rostro, un vago instinto de supervivencia susurrándole que escapara de esos labios que tan bien conocía, pero la resistencia fue inútil.Ella misma estaba atrapada, a merced de una pasión salvaje que subía por sus venas como fuego líquido. La gravedad los reclamó y cayeron juntos sobre la cama, atrapados en un enredo de extremidades y respiraciones agitadas.Joaquín la retuvo contra el colchón, con los brazos temblando por el esfuerzo de contenerse.Sus ojos, oscurecidos por el deseo y el efecto de la sustancia, buscaban los de ella.—Miranda… —articuló él, con la voz rota, un hilo de cordura luchando por emerger—. Creo que debo detenerme. No está bien.Ella lo miró, y una llamarada de rabia y orgullo herido eclipsó por un segundo la neblina erótica.—¿Por Daniela? —escupió Miranda, apretando
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