El aire en la habitación se había vuelto denso, cargado con el aroma embriagador de la necesidad y el rastro dulce del afrodisíaco que dictaba el pulso de sus corazones.
Miranda intentó girar el rostro, un vago instinto de supervivencia susurrándole que escapara de esos labios que tan bien conocía, pero la resistencia fue inútil.
Ella misma estaba atrapada, a merced de una pasión salvaje que subía por sus venas como fuego líquido.
La gravedad los reclamó y cayeron juntos sobre la cama, atrapado