Ella sonrió con una dulzura casi perfecta.
—Buenos días, señor Kirland.
El anciano abrió lentamente los ojos.
Al reconocer a la mujer, su expresión cambió por completo.
Frunció ligeramente el ceño.
Nunca le había agradado Daniela.
Detrás de aquella sonrisa impecable siempre había percibido una ambición que no lograba ocultar.
—¿Qué hace usted aquí...? —preguntó con voz débil.
Daniela inclinó ligeramente la cabeza.
—Solo vine a visitarlo. Escuché lo que sucedió y me preocupé mucho por usted.
El s