Cuando llegaron a la mansión, Joaquín la bajó del auto con un cuidado que contradecía su usual rigidez.Ella seguía sumida en un sueño profundo. Sin despertar a nadie, la llevó en brazos hasta su habitación principal.La recostó en la enorme cama con una delicadeza casi reverente.Se quedó de pie un momento, observando cada gesto y cada línea de su rostro bajo la tenue luz de las lámparas.Su corazón, habitualmente blindado, se tensó al ver lo vulnerable que parecía en ese instante.Por un breve segundo, su frialdad característica se vio teñida de una profunda ternura.—Miranda… ¿por qué siempre tienes que actuar como una niña rebelde? —murmuró, inclinándose para acariciar suavemente su mejilla con el dorso de los dedos.Se acercó más. Su respiración, pesada y contenida, rozó la piel de ella. Su presencia llenaba por completo el espacio, envolviéndola.—Eres una insensata… y, aun así, no puedo ignorarte —confesó en un susurro oscuro.Como si hubiera escuchado su voz, Miranda se removió
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