—¿...Infértil?
La palabra quedó suspendida en el aire como una sentencia.
Poco a poco, sus ojos comenzaron a humedecerse. Intentó contener el llanto, pero le resultó imposible.
Negó una y otra vez con la cabeza, como si al hacerlo pudiera cambiar aquella realidad que acababa de escuchar.
—No... no puede ser... —susurró con la voz quebrada.
Las lágrimas empezaron a resbalar lentamente por sus mejillas.
No era un llanto escandaloso.
Era mucho peor. Era un llanto silencioso, de esos que nacen desde