Cuando llegaron a la mansión, Joaquín la bajó del auto con un cuidado que contradecía su usual rigidez.
Ella seguía sumida en un sueño profundo. Sin despertar a nadie, la llevó en brazos hasta su habitación principal.
La recostó en la enorme cama con una delicadeza casi reverente.
Se quedó de pie un momento, observando cada gesto y cada línea de su rostro bajo la tenue luz de las lámparas.
Su corazón, habitualmente blindado, se tensó al ver lo vulnerable que parecía en ese instante.
Por un breve