Miranda quería negarse.
Quería decirle a Joaquín que ya no era su obligación permanecer allí.
Después de todo, seguían hablando de divorcio.
Lo lógico era marcharse.
Sin embargo, cada vez que intentaba convencerse de ello, el rostro de sus suegros aparecía en su memoria.
Recordó el primer día que llegó a la mansión Kirland.
Era una joven insegura, sin dinero y sin saber cómo encajar en una familia tan poderosa.
Nunca olvidaría que la señora Kirland fue la primera en tomarla de la mano.
—Desde ho