Los ojos de Joaquín se endurecieron.
Por primera vez en mucho tiempo, Miranda volvió a ver aquella expresión que conocía demasiado bien.
La furia contenida.
Esa mirada fría y dominante que siempre aparecía cuando sentía que alguien desafiaba su autoridad.
Pero esta vez había algo diferente.
No era solo enojo. Era orgullo herido.
—Bien —dijo finalmente, con una calma peligrosa—. Ya que la señora Kirland se ha vuelto tan orgullosa y está tan convencida de que sabe toda la verdad...
Hizo una pausa.