El cuero de los asientos traseros del vehículo blindado parecía quemar.Elion Lassani apretó los puños, hundiendo sus uñas en las palmas de sus manos en un intento desesperado por canalizar el dolor punzante que nacía en su bajo vientre.La orden que le dio al chofer fue un gruñido seco, casi inhumano: directo a la mansión.Necesitaba ver a Serena.A medida que el automóvil devoraba los kilómetros de la carretera privada, el torrente sanguíneo de Elion se transformó en una maldita caldera de lava líquida.Las sienes le palpitaban con violencia y un sudor frío comenzó a perlar su frente, tiñendo sus facciones de un rojo violento y peligroso.Un deseo primitivo, oscuro y absolutamente devorador se instaló en su pelvis, nublándole el juicio.«Maldita sea… me drogaron… fue ella, fue Minnie», pensó, y una mueca de pura rabia criminal deformó su rostro habitualmente gélido.Aquella perra traidora había deslizado un afrodisíaco en su trago.Elion era el rey de reyes de la mafia, un hombre que
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