Rocco alzó la mano.
Durante un segundo, todo quedó en silencio.
La música seguía sonando a lo lejos, pero en aquella parte del jardín parecía haberse detenido el tiempo.
Serena no retrocedió.
No cerró los ojos.
No se cubrió el rostro.
Simplemente miró a Rocco.
Y esa calma fue lo que más lo enfureció.
Porque él esperaba miedo.
Esperaba encontrar a la mujer que había dejado llorando, a la mujer que alguna vez creyó que no podría vivir sin él.
Pero esa mujer ya no existía.
—¿Todavía crees que puede