Los enormes portones de la mansión Lassani permanecían cerrados.
Detrás de ellos, decenas de hombres armados aguardaban en completo silencio.
El aire estaba cargado de tensión.
Bastaba un solo disparo para desatar una guerra que teñiría de sangre toda la ciudad.
A lo lejos se escuchó el rugido de varios motores.
Las camionetas negras se detuvieron una tras otra frente a la entrada principal.
Las puertas se abrieron lentamente.
Decenas de hombres descendieron con armas largas en las manos y ocupa