El cuero de los asientos traseros del vehículo blindado parecía quemar.
Elion Lassani apretó los puños, hundiendo sus uñas en las palmas de sus manos en un intento desesperado por canalizar el dolor punzante que nacía en su bajo vientre.
La orden que le dio al chofer fue un gruñido seco, casi inhumano: directo a la mansión.
Necesitaba ver a Serena.
A medida que el automóvil devoraba los kilómetros de la carretera privada, el torrente sanguíneo de Elion se transformó en una maldita caldera de lav