Durante todo el tiempo que Valeria permaneció en su hogar de Quito, su madre y su hermana se encargaron de cobijarla bajo un manto de profunda consideración. Ninguna de las dos se atrevió a levantarla temprano en la mañana; por el contrario, respetaron sus tiempos biológicos, permitiéndole dormir de forma prolongada hasta que, por su propia cuenta, bajaba las escaleras proveniente de su dormitorio. Aquella tregua matutina era el bálsamo que su mente corporativa necesitaba antes del inminente traslado definitivo. Una de esas mañanas, mientras compartían un momento a solas en la cocina, su madre, Georgina, la observó con una mirada cargada de intuición y preocupación materna.—Valeria, mi amor, en cuanto te radiques allá en Seúl, quiero que busques un equipo médico de absoluta confianza enseguida —le sugirió Georgina, con una seriedad que no admitía réplicas.—Gloria ya lo sabe, mami —le contestó Valeria de inmediato, buscando transmitirle una calma legítima—. Ella está plenamente al ta
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