Al desembarcar del avión en el aeropuerto de Quito tras un larguísimo viaje transcontinental, el aire fresco andino recibió a Valeria y a su asistente, Gloria. A pesar del cansancio físico acumulado por las horas de vuelo, la mente de la joven ejecutiva se mantenía inusualmente activa, atrapada aún en las promesas y los besos que había dejado atrás en Seúl. Mientras avanzaban por la zona de reclamo de equipaje, una figura familiar les salió al encuentro: Martín, el mejor amigo de la infancia de