Durante todo el tiempo que Valeria permaneció en su hogar de Quito, su madre y su hermana se encargaron de cobijarla bajo un manto de profunda consideración. Ninguna de las dos se atrevió a levantarla temprano en la mañana; por el contrario, respetaron sus tiempos biológicos, permitiéndole dormir de forma prolongada hasta que, por su propia cuenta, bajaba las escaleras proveniente de su dormitorio. Aquella tregua matutina era el bálsamo que su mente corporativa necesitaba antes del inminente tr