Las manos de Ji-hoon reanudaron aquel recorrido que Valeria ya había memorizado en su piel, ese mapa secreto que él trazaba con dedos de músico —precisos, insistentes, capaces de arrancar de ella sonidos que ni ella misma conocía. Recorrieron su espalda con lentitud deliberada, ascendiendo hasta encontrar la suave curva de sus pechos, y los gemidos que escaparon de la garganta de Valeria —ahogados, urgentes, absolutamente indecentes— sirvieron como combustible para la propia excitación de él.Con un movimiento fluido, Ji-hoon despojó a Valeria de su blusa. Su dorso quedó expuesto al aire acondicionado de la suite, y luego a la calidez de su aliento. La miró con una adoración que rozaba la devoción, y sus labios descendieron por su cuello en una procesión de besos que parecían plegarias profanas. Cuando alcanzó sus pechos, los tomó con boca hambrienta pero manos reverentes, succionando con suavidad voraz, llenándola de una excitación que se propagaba como corriente eléctrica por cada t
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