Las horas previas habían transcurrido en un abrir y cerrar de ojos, suspendidas entre la densa ansiedad de la espera y la rigidez de los ensayos de Ji-hoon. Finalmente, el reloj marcó el momento exacto. El Aeropuerto Internacional de Incheon amaneció envuelto en la bruma mística de la mañana coreana, un manto grisáceo que difuminaba las luces de las pistas. La camioneta negra, con sus vidrios polarizados impidiendo cualquier mirada indiscreta, se detuvo con suavidad en la zona de desembarque VI