Capítulo 18. La señora Altamirano.
Días después…El contrato estipulaba una sola condición innegociable: engendrar un hijo.Y desde aquella noche en los Hamptons, Nicolás y Emma cumplían con esa obligación con una puntualidad religiosa.Cada noche, sin falta, la enorme cama de la mansión se convertía en un escenario de sudor, gemidos y una intensidad salvaje.Ambos se escudaban bajo la excusa del deber, negándose a admitir que la química entre ellos era una adicción que los estaba consumiendo.Esa mañana, en el elegante vestíbulo de la mansión Altamirano, la tensión era de otro tipo. Nicolás se ajustaba los gemelos de su traje cuando Aurora, su madre, se le acercó con el ceño fruncido.—¿Crees que Emma esté preparada para enfrentarse a la junta hoy? —preguntó Aurora, bajando la voz—. Esos viejos son lobos hambrientos, Nicolás. Si huelen su miedo, la van a destrozar.Nicolás suspiró, tensando la mandíbula.—No lo sé, mamá. Pero no tengo otra opción. Mi tío Gerardo está moviendo sus fichas y poniendo en duda la legitimid
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