—No te confundas, Mayra. Lo único que me provocas son ganas de enterrarte bajo el barro —le respondo, con los labios casi rozando su oído, arrastrando las palabras con una calma despiadada—. Me provocas repugnancia.Su mirada se enciende en furia otra vez. Su agarre en mi cuello se vuelve a tensar, sus uñas rompiendo la primera capa de mi piel.—¡Podría matarte aquí mismo! —me grita, perdiendo los papeles, buscando la aprobación de su padre con la mirada—. ¡Podríamos acabar contigo ahora y quedarnos con todo lo tuyo!—Pruébame —le reto, ensanchando mi sonrisa, provocándola sin mover un solo músculo de mis brazos—. Hazlo. Inténtalo, Mayra. Tienes las manos en mi cuello. Aprieta. Demuéstrale a tu manada que tienes los ovarios para ejecutar al Alfa de la frontera norte. Vamos.Le sostengo la mirada, mis ojos completamente oscuros, desafiándola a dar el paso que iniciaría la carnicería. Ella busca en mi rostro un rastro de duda, de miedo, pero solo encuentra un vacío absoluto. Sabe que, s
Leer más