Regresó el teléfono con cuidado a su lugar y se dio la vuelta.Los pasos de Estefanía la llevaron directamente a la cocina, donde se sirvió un vaso de agua con la mirada perdida.De pronto, su cuerpo se sacudió mientras los sollozos la rebasaban: una lágrima tras otra, hipidos y mocos.Ni siquiera debería estar sorprendida. Maldición, ya lo sabía. Y, aun así, se permitía engañarse a sí misma.Era tan patética y tonta. Se odiaba más que a él, y eso ya era mucho decir.Cuando Estefanía regresó a la cama, el sol estaba a punto de salir. Se acostó como si nada hubiera ocurrido, aunque sus ojos estaban notablemente hinchados.Cristian se levantó temprano para trabajar, como siempre, y ella fingió dormir.Cuando aquel hombre abandonó el departamento, ella se acurrucó en la cama, convertida en un ovillo para seguir llorando un par de horas más, hasta que Sonya le preguntó si bajaría a desayunar.—En un rato —dijo con el rostro ligeramente oculto entre las sábanas.—Señora, ¿se encuentra bien
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