Estefanía necesitó un par de segundos para serenarse antes de abrir la puerta de la habitación de Javier. Al hacerlo, lo encontró acostado en la cama, con la mirada fija en el techo. Sus piernas, que hacía apenas un instante se sentían tan inestables e incapaces de sostenerla, ahora se movieron con prisa, acortando la distancia, mientras se inclinaba para presionar la palma de su mano contra la frente de su hermano. —¿Cómo estás? ¿Qué te duele? —preguntó con la voz entrecortada, notando que afortunadamente no tenía fiebre. Javier parpadeó, tomándose un momento para acomodarse despacio sobre las almohadas, y le dedicó una sonrisa débil. —Ya me siento un poco mejor —murmuró, desviando ligeramente la vista—. Pero el médico dijo que el dolor puede volver en cualquier momento si me esfuerzo. Un suspiro de alivio escapó de sus labios, aunque el nudo en su garganta no desapareció. Pensar que algo pudiera pasarle la llenaba de culpa. —Lo siento tanto, Javier —se disculpó Estefanía, sen
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