Las palabras de Camilo quedaron flotando en el aire del despacho, densas, honestas y devastadoras. Sus manos, aún cálidas sobre las mejillas de Megan, eran un ancla que amenazaba con derribar el último muro de la gobernadora. Por un segundo, sus ojos miel flaquearon. Quiso rendirse, quiso echarse en sus brazos y confesarle que el eco de su nombre también la perseguía.Pero entonces, el fantasma del pasado despertó con la fuerza de un latigazo, congelándole la sangre.Mientras miraba las esmeraldas en los ojos del general, la mente de Megan viajó años atrás, cruzando el océano hacia sus días en el extranjero. Recordó su época universitaria, cuando sus padres aún gobernaban Tierra Escarlata y ella era solo una joven heredera que creía en los cuentos de hadas. Recordó a él. Al hombre que le había prometido el cielo y la tierra, que juraba que ella era su único destino. Y recordó, con una nitidez que todavía le revolvía el estómago, el día en que todo ese paraíso se redujo a escombros: la
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