El lunes amaneció con un cambio sutil, casi imperceptible para cualquiera que no fuera Megan, pero sísmico para ella. La fase de "vacío absoluto" había terminado. Camilo ya no era el soldado robótico y distante de los últimos días; había vuelto a ser el estratega impecable, pero con un giro que la desconcertaba aún más: su protección se había vuelto una presencia constante, silenciosa y absoluta.Durante la inspección de las obras en el Sector Cuatro, donde el atentado del acueducto aún mantenía los ánimos caldeados, Megan se sintió custodiada como nunca antes. No era el despliegue aparatoso de la Guardia; era Camilo, moviéndose como una sombra a su espalda.Cuando una viga mal sujeta se desprendió, Megan ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que el estruendo terminara, el cuerpo del general ya estaba frente a ella, cubriéndola con su propia espalda mientras desvió los escombros con una precisión casi inhumana. En cuanto el peligro pasó, Camilo no esperó un agradecimiento, n
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