—¿Y por qué no puedes ir a verlo? No lo entiendo —insistió Samantha, negándose a dar un paso atrás—. Bueno, supongo que es porque estás abrumada de trabajo, pero...—No es por el trabajo —la interrumpió Cassandra, bajando la voz hasta convertirla en un susurro tenso, mirando hacia la puerta cerrada de su oficina—. Es porque mis hermanos me están vigilando las 24 horas del día. Conocen cada uno de mis pasos. Claro que quiero ir a verlo, Samantha, pero si saco mi auto del estacionamiento, sus hombres me van a seguir. Van a monitorear mi ruta, les informarán inmediatamente y, en cuanto sepan que he puesto un pie en esa clínica, se desatará el infierno. A estas alturas... desconfío hasta de mi propia sangre.Samantha procesó la gravedad del asunto en un segundo. Su expresión se endureció con determinación.—Cuenta con eso resuelto —dictaminó su amiga—. Yo te llevaré. Si quieres ir ahora mismo, vayamos. Podemos cambiar un poco las cosas; saldremos juntas, iremos en mi auto y dejaremos el t
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