El pasillo de la mansión parecía más frío de lo habitual cuando Cassandra intentó buscar a sus hermanos esa noche. Tras regresar del hospital, con el eco de la voz rota de Sebastian aún en su mente y la culpa quemándole el pecho, supo que no podía seguir fingiendo. La fachada de mujer de negocios implacable, dispuesta a tragar con todo y a mantener la farsa del plan, se había caído por completo. Ya no quería jugar a la venganza.
No tenía sentido. Todo ese odio acumulado se había esfumado, deja