Su respiración comenzó a volverse dificultosa, el pecho le subía y bajaba con rapidez mientras lo miraba desde abajo.—¿Qué... qué es lo que estás haciendo, Sebastian? —logró articular, intentando que su voz sonara firme, aunque el temblor la delató.—No, Cassandra, más bien dime tú qué es lo que estás haciendo —murmuró él, inclinándose un poco más—. Me quitas la empresa, compras la deuda, me arrebatas mi lugar. Luego me humillas dejándome en un puesto de subordinado miserable, y ahora, de la nada, me vuelves a entregar mi cargo y me subes a este escalón.Cassandra tragó saliva, incapaz de apartar la vista.—Tus decisiones no las comprendo en absoluto —continuó Sebastian, bajando el tono a un susurro ronco que le rozó la piel—. Para ser una persona que lidera un imperio, estás tomando decisiones demasiado emocionales.Al escuchar esa palabra, el instinto de supervivencia de Cassandra se disparó.—¿Emocionales? —susurró ella a la defensiva, frunciendo el ceño, aunque su cuerpo entero l
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