SEBASTEN.
El comedor de la planta baja está en completo silencio, salvo por el tintineo sutil de los cubiertos contra la porcelana. Aurora está sentada frente a mí, manteniendo esa distancia analítica que tanto la caracteriza, mientras desayunamos. La luz de la mañana entra por los ventanales limpios, iluminando el perfil de su rostro. Me tomo mi tiempo para observarla sobre el borde de mi taza de café negro; me aseguro de que no tenga ojeras, de que su respiración sea rítmica y de que la palid