SEBASTENApreté el volante con una fuerza que hizo crujir el cuero de la camioneta. El motor rugía en la penumbra de la zona industrial abandonada, devorando los últimos metros de concreto roto antes de llegar a la vieja fundidora junto al río. En mi oído, el auricular emitía el leve chasquido de la señal de Keith.—Alfa, todo el perímetro externo está cubierto —informó Keith en un susurro táctico—. Mi padre, Vladimir, y las escuadras están rodeando las viejas estructuras de concreto. Nadie entra ni sale sin que lo sepamos.—Quédense abajo —ordené con voz grave, sintiendo cómo mi sangre quemaba de rabia, llamando a mi bestia a la superficie—. Si ven movimiento antes de tiempo, no ataquen. Entraré solo.—Sebasten... —intervino la voz de mi padre desde la otra frecuencia—. Recuerda las leyes de la especie. Si lo ejecutas antes de que el Consejo emita la orden formal de erradicación, Fayir pasará de verdugo a mártir, y el Consejo nos declarará en rebeldía. Necesitamos la confesión limpia
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