Tras huir del salón de música, abrumada por el repentino y caótico destello de un recuerdo del que no lograba armar las piezas, Helena se refugió en su habitación. En el piso de abajo, William se quedó estático, sumido en un silencio denso, intentando descifrar la mirada de pánico y confusión que ella le había dejado antes de escapar.Esa noche, el cansancio arrastró a Helena a un sueño profundo, pero no tranquilo. En su mente se vio a sí misma en una playa difusa, vestida de blanco, sintiendo el aire húmedo y el roce de la brisa marina en el pelo. El sol brillaba con fuerza sobre el agua, casi cegándola. Frente a ella había un hombre. No importaba cuánto se esforzara por mirarlo, sus rasgos eran imposibles de distinguir, pero la sensación de seguridad era absoluta. Con una confianza que no recordaba tener, le rodeó el cuello con los brazos, se inclinó hacia él y lo besó. Fue un contacto cálido, pausado, que se cortó de golpe.Un trueno ensordecedor la hizo dar un respingo en la cama.
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