YunaEstar así con Lin se sentía irreal. Bonito, pero irreal. Era un contraste absoluto con los primeros días que pasamos juntos, cuando solo había peleas, silencios incómodos y miradas cargadas de desconfianza.Pasar la noche en la misma cama, abrazados, pegados el uno al otro y compartiendo el mismo latido, me hacía sentir que teníamos algo de verdad, algo sincero. Aunque nuestro matrimonio fuera una farsa, una inversión para mis padres y una condena para mí. Porque, aunque en ese momento lo estaba disfrutando, el inicio fue un infierno disfrazado de joyas y elegancia.Aquella mañana despertamos enredados; mi espalda contra su pecho y las piernas entrelazadas bajo las sábanas. Su mano descansaba sobre mi vientre con suavidad, rozándome apenas, pero sus dedos se sentían cálidos, casi protectores.Lo habíamos hecho tantas veces hasta agotarnos, hasta que el cuerpo me dolía a horrores y sentía el coño ardiendo por cada una de las locuras que se nos ocurrieron. En algún momento de la ma
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