Durante los días siguientes, la mansión Montenegro empezó a cambiar con pequeños gestos. Camille aparecía cada mañana con la seriedad de quien no quería molestar, tocaba la puerta y esperaba permiso antes de entrar, siempre con Mathis detrás de ella. A veces llevaba un dibujo; otras, un libro en francés. Al principio hablaban poco: Camille preguntaba si Victoria había dormido bien, Mathis miraba los equipos médicos con desconfianza y Élise, la niñera permanecía cerca, atenta a cada gesto de Victoria con una dedicación que parecía prudencia, aunque sus ojos se detenían demasiado en ella, como si intentara descifrar cuánto espacio ocupaba realmente en la vida de Adrián.Victoria no notó ese detalle.Ella solo empezó a esperar a los niños. No lo admitía en voz alta, porque aceptar su presencia también significaba aceptar una decisión que Adrián había tomado sin consultarle, pero cada vez que escuchaba sus pasos al otro lado del pasillo, algo en su pecho se aflojaba.—Hoy no traemos un di
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