Katia me miró por unos segundos, mordió sus labios y entonces le dio rienda suelta a su actuación; se llevó las manos al rostro y soltó un llanto hondo, de esos que no buscan compasión porque ya no tienen fuerzas ni para pedirla.—Tú no sabes nada, Nikolái —dijo entre lágrimas, y su voz salió rota, rabiosa, casi irreconocible.—Explícame —le dije, sin dejar de observarla.—Tú crees que lo sabes todo porque fuiste el herido, porque quedaste atrapado en ese carro, porque mi ausencia te dio derecho a odiarme con orden, con método, con elegancia. Pero tú no sabes el infierno que yo viví. No sabes lo que fue despertar cada día sintiendo que mi vida ya no me pertenecía.Fruncí el ceño. Había imaginado muchas veces este momento. En algunas versiones, Katia entraba suplicando. En otras, yo la echaba antes de que dijera tres palabras. En las peores, yo la escuchaba. Y esa era la más peligrosa, porque escuchar a alguien que te destruyó no lo absuelve, pero sí te obliga a recordar que los monstru
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