Katia sostenía la prueba, como si fuera un trofeo que le garantizara la victoria. Nikolai, a mi lado, parecía haber olvidado cómo respirar; su rostro era una máscara de piedra, una mezcla de sorpresa y una incomodidad que apenas lograba contener. Yo, en cambio, sentía una calma afilada recorriéndome la piel; si ella quería jugar, jugaríamos, pero bajo mis condiciones.No le dediqué ni un segundo de preocupación a su supuesto embarazo. Ni una lágrima, ni un cuestionamiento melodramático. La barrí con la mirada, ese desprecio que reservas para alguien que no vale ni el aire que respira. Su cara de superioridad empezó a tambalearse ante mi indiferencia.—Si el embarazo es real, Katia, no pierdas el tiempo aquí haciendo teatro de baja categoría —dije, ajustándome la chaqueta—. Si de verdad llevas la sangre de Nikolai, necesitamos confirmarlo en una clínica privada, de inmediato.Ella, acorralada por mi falta de reacción, soltó una retahíla de insultos en ruso. No necesitaba entender el idi
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