Elena se despertó esperando otra pérdida.Otro mensaje.Otra amenaza.Otra puerta contaminada.Eso era lo que el cuerpo había aprendido ya: no amanecer, sino prepararse.Pero esa mañana, lo primero que vio no fue a Daniel.Fue a Sofía.Dormida a su lado.Con la mano pequeña encima del conejo y la cara relajada por primera vez en varias noches.El segundo sonido no fue un audio.Fue el de Lucía en la cocina, tarareando bajito mientras hacía café.Normalidad.Prestada.Frágil.Pero normalidad al fin.El teléfono estaba boca abajo sobre la mesita.Elena lo tomó con cuidado, como si todavía pudiera morder.Había mensajes.Sí.Muchos.Pero no eran de Daniel.El primero era de Verónica, la mamá del salón.Anoche me escribió Daniel por privado. Me preguntó si Sofi “parecía asustada de ti” antes de faltar. No le contesté. Si necesitas captura, te la mando.Elena leyó el mensaje dos veces.Luego abrió el siguiente.Era de Paula, la mamá de Camila.No somos amigas cercanas, pero lo que es
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