Taylor avanzaba con paso apresurado por el pasillo del segundo piso, la mente funcionando tan rápido como sus pies, y es que no estaba pensando en hacerle daño a Sky, al menos no de la forma en la que todos asumirían si lo vieran, y es que en su cabeza, muy por el contrario, estaba convencido de que iba a ayudarla, porque, para él, Sky era una mujer lobo, defectuosa, tardía, extraña… pero loba al fin, y los lobos, en su mundo, se “arreglaban” con fuerza.Mientras caminaba, repasó en segundos todo lo que había aprendido en años de entrenar lobeznos, de ayudarlos a atravesar su primera transformación, de forzarlos a romper miedos con golpes, caídas y empujones, y es que Taylor, había visto a decenas de jóvenes temblar de terror antes de dejar salir a su lobo, había escuchado cientos de veces el mismo llanto, las mismas súplicas, las mismas frases, “no puedo”, “me duele”, “me voy a partir en dos”, y, sin embargo, todos, absolutamente todos, habían terminado transformándose cuando él los
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