Alistair FerreroEl aire en el mirador era gélido, pero mi cuerpo era un volcán que amenazaba con erupcionar. La miré, bajo la luz mortecina de las estrellas, y supe que no podía esperar ni un segundo más. Abrí la puerta trasera de la camioneta, el sonido del metal resonando en el silencio absoluto de la montaña. Era un lugar apartado, privado, donde nadie en kilómetros podría interrumpirnos.—Sube —ordené, mi voz sonando como un gruñido.Ella no dudó. Sus ojos, cargados de esa misma voracidad que yo sentía, se clavaron en los míos. Subió con una elegancia que me cortó la respiración. Me deslicé detrás de ella, cerrando la puerta con un golpe seco que selló nuestra burbuja. El espacio era reducido, una trampa de lujo y cuero donde la cercanía era inevitable. Sin que yo tuviera que pedirlo, Alessandra se acomodó sobre mi regazo, sus caderas encajando perfectamente contra las mías, obligándome a sentir la suavidad de su cuerpo a través del vestido.La sujeté por la cintura, mis dedo
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