Alistair Ferrero
El descenso del jet privado fue un ejercicio de precisión militar, pero el verdadero desafío comenzó cuando las ruedas del avión tocaron la pista de la ciudad vecina. El aire aquí es diferente, más pesado, cargado con el olor a tierra virgen y promesas de expansión. Un sedán negro, sobrio y elegante, nos esperaba al pie de la escalerilla. El chofer, un hombre adiestrado en el arte de la discreción absoluta, nos abrió las puertas con un gesto mecanizado.
Observé a Alessandra m