Alistair Ferrero
La presión que ejercía contra ella, arrinconándola contra la pared de piedra fría de la suite, era solo un reflejo de la presión que sentía en mis propias sienes. Su cuerpo, aunque pequeño comparado con el mío, emitía una energía que me resultaba imposible de ignorar. Alessandra me miraba con esos ojos oscuros, cargados de una duda que me resultaba insoportable.
—No te creo, Alistair —dijo ella, con una voz que era una caricia y un desafío al mismo tiempo—. Es tu esposa. Llev