Alessandra DumontEl sol de la mañana se filtra por los ventanales de mi habitación, bañando el suelo de madera con una luz que, a diferencia de otras veces, no me molesta. Me despierto sola. La cama, donde hace pocas horas se libró una batalla de posesión y fuego, se siente extrañamente fría. Me incorporo, sintiendo el leve rastro de dolor físico que me recuerda cada una de sus embestidas, y me dirijo a la ducha. El agua caliente golpea mi espalda, arrastrando el cansancio, pero dejando intacta la claridad mental con la que me he levantado. Hoy, el tablero de ajedrez se siente diferente.Me visto con cuidado, eligiendo un traje de sastre impecable, algo que proyecte profesionalismo y esa frialdad rusa que me ha servido de escudo durante años. Al bajar las escaleras, el sonido de voces que provienen del comedor llega a mis oídos. Juliette y Alistair ya están sentados a la mesa, rodeados por el murmullo de la porcelana y los cubiertos.—...y luego de la gala benéfica, tendré que pas
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