Alistair Ferrero
El sonido de mis propios dedos tamborileando contra la caoba del escritorio es lo único que llena el vacío de mi despacho. Intento concentrarme en las gráficas de rendimiento de la nueva torre de departamentos en la costa, pero las líneas y los números se emborronan ante mis ojos. Mi mente sigue atrapada en la biblioteca, en la forma en que el maldito Anthony la miraba y en la facilidad con la que yo perdí los estribos. Me paso una mano por el rostro, frustrado, sintiendo el