AriannaSu nariz rozó la mía y me quedé congelada, con cada nervio de mi cuerpo de punta. Nuestras respiraciones se mezclaban, cálidas y pesadas, y cerré los ojos, esperando lo inevitable: que sus labios finalmente reclamaran los míos. El momento se sentía demasiado íntimo, demasiado absorbente, y de pronto me encontré soltando palabras que no había planeado.—No pasó nada, Enzo —susurré, con nuestras mejillas rozándose como si estuviéramos encadenados el uno al otro—. Ni con él, ni con nadie. Lo juro.Su voz, baja y ronca, llegó después de lo que pareció una eternidad. —Arianna... —Se demoró en mi nombre, como si lo paladeara—. Te creo. Tus labios me dicen que eres virgen, pero todo tu cuerpo me lo grita.Se me oprimió el pecho. —¿Qué es lo que grita? —me atreví a preguntar, sin estar segura de querer saber la respuesta.—Que nunca lo han tocado. —Su nariz delineó la línea de mi cuello, inhalando mi aroma hasta que la piel de gallina me cubrió la piel—. Y que está desesperado por que
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