AriannaCuando Marco me escuchó, levantó la cabeza del teléfono al que estaba pegado, y cuando sus ojos se posaron en mí, se le cayó la mandíbula. No estaba fingiendo; mi ego se elevó hasta la estratosfera al ver su reacción.—¿Te gusta? —pregunté, con una sonrisa de suficiencia.—Usted... usted está hermosa. No es que no lo estuviera antes, es solo que ahora... —tartamudeó, y me reí para aligerar el ambiente.—Relájate —dije suavemente—. Vámonos, es tarde. —De hecho, para cuando salimos, ya era de noche—. ¿Quieres comer? —le pregunté a mi guardaespaldas—. Te invito a cenar.—Eso no se vería bien, señora. Creo que es mejor que nos vayamos. El Don debe de estar por regresar y querrá que esté en casa para entonces.Me reí con amargura. —Por favor, Marco, ambos sabemos que a él le importa un bledo si estoy en casa o no. De todos modos nunca nos ve, y siempre llega a casa después de la medianoche, cuando ya estoy dormida. Estoy segura de que justo ahora, mientras estamos aquí, se está div
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