El bajo de la música electrónica hacía vibrar el piso de cristal bajo mis tacones.El Onyx, el club privado subterráneo de Aleksei, era un santuario de hedonismo reservado exclusivamente para los eslabones más altos de la mafia y sus invitados. Olía a humo de narguile, alcohol caro y sudor. Cuerpos entrelazados se movían en la pista central bajo luces rojas tenues, pero en el momento en que Aleksei pisó el primer escalón de descenso, el ambiente cambió.La pista pareció abrirse como el mar. Las miradas de cientos de criminales se clavaron en nosotros. O, más bien, se clavaron en mí.Llevaba un vestido de malla metálica plateada que se adhería a cada curva de mi cuerpo, revelando la silueta de mis pechos sin sostén y la tanga minúscula que Aleksei me había obligado a ponerme. Su brazo era un cepo de hierro alrededor de mi cintura, marcando territorio. Él exudaba una arrogancia oscura y letal, satisfecho con la exhibición de celos que yo había montado en la fiesta de la noche anterior.
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