La pregunta de Aleksei flotó en el aire frío que entraba por la puerta abierta de la limusina.
«¿A quién intentabas engañar ahí adentro? ¿A él, o a mí?»
El pánico fue una punzada helada en la base de mi nuca. Sus ojos grises, afilados como bisturís, estaban escrutando cada microexpresión de mi rostro. Si mostraba una fracción de segundo de duda, si mi respiración se alteraba lo más mínimo, el castillo de naipes se derrumbaría. Catorce días se convertirían en catorce segundos.
Solté una risa. Fu