El salón principal de la mansión era una exhibición obscena de poder. Candelabros de cristal derramaban una luz dorada sobre la élite del inframundo, pero para Victoria, el aire era tan escaso como en el fondo del océano.Llevaba el vestido de seda carmesí, una segunda piel que le recordaba a cada segundo a quién pertenecía. El collar de diamantes le pesaba en la garganta, frío contra la marca de los dientes de Aleksei que latía bajo la joyería. A solo diez metros de distancia, su esposo sostenía una copa de champán, rodeado de socios que lo miraban con una mezcla de reverencia y terror puro.Aleksei la buscó con la mirada por encima de los hombros de los hombres. Sus ojos, oscuros y letales, se clavaron en los de ella. Victoria le sostuvo la mirada, forzando una sonrisa suave, la sonrisa de la esposa devota que se había entregado a él en cuerpo y alma apenas unas horas atrás. Él asintió, un gesto casi imperceptible, reclamando su devoción en silencio antes de volver a su conversación
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