La vibración del magnetismo que flotaba entre nosotros se rompió de golpe. Después, él se alejó con una lentitud descarada, dedicándome una última mirada cargada de promesas oscuras antes de regresar al sillón. Yo parpadeé varias veces, tratando de asimilar el torbellino de sensaciones que me había sacudido el cuerpo. Sacudí la cabeza para espantar las ideas locas, di media vuelta y me fui a encerrar a mi habitación llena de furia, azotando la puerta detrás de mí con todas mis fuerzas.Me pegué contra la madera, escuchando los latidos desbocados de mi propio corazón.—¿Qué voy a hacer? —me pregunté en un susurro desesperado, tirándome de los cabellos todavía húmedos—. ¿Qué demonios voy a hacer con este gigante siberiano instalado en mi propia casa?La indignación me entumecía los músculos. En eso, me fui a acostar a mi cama, dejándome caer boca abajo sobre la colcha revuelta. El olor de Maksim seguía impregnado en las sábanas. Me tapé la cara con una almohada para no respirarlo, maldi
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