La brisa del atardecer acariciaba el jardín de la mansión Valtierra, meciendo suavemente los rosales que Elisa había plantado tantos años atrás. Era un lugar que había sido testigo de mi dolor, de mis lágrimas, de mis dudas. Pero también era el lugar donde había encontrado mi hogar. Donde había aprendido que el amor, el verdadero, siempre encuentra su camino.Cinco años habían pasado desde aquella boda en la mansión Pierro. Cinco años de risas, de abrazos, de noches en vela con los niños, de momentos que atesoraba en mi corazón como pequeñas joyas. Ahora, sentada en el banco de piedra bajo el viejo roble, observaba a mi familia jugar en el césped.Yerald estaba allí, con su camisa blanca desabotonada en el cuello y el cabello más plateado que nunca. Su risa, aquella risa que había aprendido a conocer en los momentos más íntimos, resonaba en el aire mientras Thiago y Liana corrían a su alrededor. Y en sus brazos, nuestra hija, la pequeña Elisa, reía con la inocencia de quien aún no con
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